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La alimentación es la nueva religión

07/11/2017

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La metamorfosis que ha sufrido el concepto de alimentación en los últimos años es sólo el principio de una revolución. La hiperespecialización de los restaurantes, la obsesión por el “qué comemos” y las diferentes corrientes alimenticias -ya más que integradas en la sociedad- pueden parecer grandes cambios, sin embargo no lo son. Suponen sólo un aviso: nuestro concepto de “sentirnos sanos” está cambiando. Hacer deporte, mantener un buen aspecto físico y llevar una dieta equilibrada han dejado de ser suficientes; estar bien en la actualidad significa obtener un bienestar interno donde lo emocional, lo ambiental, lo mental y lo social juegan un papel fundamental.

El cambio que se aproxima se traduce en un mundo en el que la comida va a dejar de suponer un medio de supervivencia para convertirse en un demarcador social. Las clases sociales, hasta ahora definidas por el nivel económico y el estilo de vida, pasarán a ser una referencia obsoleta. En un futuro no muy lejano, no será el dinero el que determine a qué grupo pertenecemos sino cómo lo invertimos respecto a nuestra salud. Hasta ahora, el dinero permitía comprar toda clase de cosas materiales pero no podía modificar cuándo morir o qué enfermedades heredar de nuestros procreadores, pero ¿y si a partir de ahora pudiera también determinar eso?

Durante el siglo XXI, la calidad de los alimentos se ha definido en base a los compuestos químicos que contenían, el lugar donde se cultivaban, las propiedades que aportaban y el aspecto que tenían. Se consideraba que el efecto que estos alimentos generaban en nuestro cuerpo podía hacer que enfermáramos más o que nuestro aspecto físico cambiara.

Hasta ahora, existían creencias que se consideraban buenas para todo el mundo: comer fruta y verdura, tener una dieta variada, evitar las grasas y los dulces, y un largo etc. Esas creencias han ido perdiendo valor según ha ido avanzando la ciencia: cada persona, en base a su genética, tiene unas necesidades concretas. Como consecuencia, la aspiración a tener medicina personalizada se ha convertido en una realidad: según el mapa genético de cada individuo se pueden sortear enfermedades, controlar el peso y conseguir un bienestar total.

Gracias a la biotecnología nos dirigimos hacia un mundo sin carne procesada, con envases comestibles, nuevas fuentes de proteínas (como los insectos) y súper bacterias que sean inmunes. La previsión de los expertos en nutrición es que existan vegetales hechos a medida, o lo que es lo mismo: alimentos personalizados que se conviertan en medicina para combatir nuestros defectos genéticos y además sean sostenibles a nivel medioambiental. Estos alimentos, también denominados “epialimentos”, son la base de la nueva inteligencia nutritiva.

Este proyecto sería perfecto si no incluyera una desventaja: los recursos no son infinitos. No sólo están limitados sino que además disminuyen a lo largo de los años. El efecto que genera esta revolución biotecnológica es que la sociedad se divida en base al acceso a ellos. Cuanto mayor acceso, mayor calidad de vida, longevidad y bienestar. Cuanto menor acceso, más fragilidad y menor esperanza de llegar a la vejez.

Una posible consecuencia de la introducción de los epialimentos es la dominación social. La producción de los epialimentos requerirá nuevos sistemas de energía ya que existe un sobreconsumo y los recursos naturales de los que disponemos son limitados. Las empresas que gestionen la producción de epialimentos tendrán en sus manos la capacidad de disminuir o aumentar la vida de las personas. De alguna forma, esas empresas, van a poder negociar con algo que en la historia de la humanidad no se ha podido negociar jamás: modificar la genética de los individuos. El hecho de proporcionar condiciones de salud mejores a sólo aquellos que se lo pueden permitir añade otro efecto colateral: el de multiplicar la desigualdad que ya existe.

Afirmar por lo tanto que la alimentación es la nueva religión es pronosticar una realidad que ya se está siendo construida. Los alimentos, con la capacidad biotecnológica que se les va a proporcionar, van a tener el talento de modificar comportamientos, creencias y actitudes, de provocar una división en la sociedad. Exactamente el mismo efecto que ejerce la religión.

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