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La visceralidad como moneda de cambio

16/04/2018

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“8 de la mañana de un martes cualquiera. Estás sentado en tu oficina ojeando Internet antes de ponerte manos a la obra. En los medios de comunicación lees titulares que te recuerdan la crisis en la que está inmersa España, los conflictos políticos que nos rodean y tragedias varias acontecidas el día anterior. En Linkedin tus contactos comparten mensajes hiper-optimistas que abarcan desde cómo gestionar tu vida hasta la importancia de los pequeños detalles. Saltas de una ventana a otra hasta que te invade la sensación de ninguna de las dos se acerca a tu realidad y decides cerrarlas.”

Bienvenid@ a la era de la información.

Esta escena, común para muchos trabajadores españoles, se repite cada día. Convivimos con total normalidad entre la dictadura del positivismo y la invasión masiva de noticias negativas y alarmistas. La primera se manifiesta en todas partes, desde camisetas, libretas o tazas hasta anuncios en la televisión. La segunda ha desatado consecuencias graves y un nuevo planteamiento sobre la libertad de expresión. Ambas buscan lo mismo: remover nuestras emociones y generar una reacción.

¿Pero hasta qué punto afectan socialmente estas dos corrientes?

Hasta el punto de modificar conductas. El positivismo extremo lleva años haciendo mella: la consecuencia es un encubrimiento obsesivo de todo lo que no es socialmente atractivo. A juzgar por las redes sociales, hay personas que viven permanentemente en un anuncio de Estrella Damm, sin pisar un sólo espacio desagradable, ni comer un plato con menos de 5 colores en una mesa de madera ni mucho menos estar físicamente poco presentable a ninguna hora del día. Por suerte son sólo unos pocos y se dedican a mostrar las maravillas de su vida de forma profesional, pero el efecto dominó ha conseguido que millones de usuarios decidan seguir ese patrón, extendiendo el uso de los filtros y ofreciendo una visión poco real de sus vidas.

No está de moda quejarse.

La dictadura del positivismo nos obliga a sonreír pase lo que pase, a proclamar el hedonismo por bandera y a evitar a los que no la compartan. Es una forma clara de excluir a aquellos que no entren en el juego de la exhibición parcial.

También las malas noticias de forma reiterada han cambiado nuestra conducta. Desde que los periódicos existen está comprobado que las noticias malas venden más, como demuestran la invención de la prensa amarilla y la hiper-exposición que se llevaba a cabo en las noticias en el siglo pasado. La forma de contar las noticias es más respetuosa (preservar la identidad de la víctima, no sacar fotos perjudiciales, etc), pero el fondo sigue siendo el mismo: alterar a los lectores. Pasó con el ébola, pasó con los atentados terroristas en Barcelona y ha vuelto a pasar con otras muchas noticias recientes: se trata del famoso efecto “y si me hubiera pasado a mí”.

La abundante cantidad de detalles acerca de las tragedias no aportan sino miedo, sensación de que puede volver a repetirse en cualquier momento.

En el caso de los crímenes es aún peor, los pormenores acerca de los criminales intensifican el odio y la falta de empatía de los receptores de esa noticia. ¿El resultado? Oleadas imparables de ira en las redes sociales, posiciones contrarias en los círculos cercanos y una imposición invisible de “o estás conmigo o estás contra mí”.

Es el momento de sentarnos y reflexionar por qué las noticias que inspiran al progreso no tienen cabida, cómo es posible que los logros muchas veces no sean publicados y si la cantidad de información es más importante que la calidad.

¿Dónde quedan los descubrimientos científicos capaces de cambiar vidas, las personas desaparecidas que acaban siendo encontradas, las empresas que aúnan sus esfuerzos para ser más sostenibles?

Es responsabilidad de los medios de comunicación transmitir esperanza donde la haya, encontrar un equilibrio a la hora de informar y diversificar su contenido. Nosotros podemos vivir sin este estado de alarma y los medios pueden trabajar sin la constante búsqueda de la visceralidad.

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